Y asĂ, bajo la luz de mil estrellas, siguieron escribiendo, fotografiando y viviendo, sabiendo que, mientras la pregunta siguiera viva, sus corazones nunca dejarĂan de latir al mismo ritmo. Fin.
Un dĂa, mientras revisaban una vieja galerĂa de fotos, encontraron la primera imagen: Megan en el banco del parque, su cuaderno abierto, el viento jugando con su cabello. Max la mirĂł y, sin necesidad de palabras, supo que el mayor regalo que habĂan recibido era la capacidad de preguntar y, más importante, de escuchar.
—Que, cuando veas mi foto, me preguntes “¿Qué quieres ahora?” y me lo digas sin reservas.