—Sé que existe. Pero no te voy a decir cómo. Porque la libertad también es entender para qué son las cosas. Esa tableta es para aprender. Si la llenas de juegos, no te servirá para lo único que realmente puede cambiarte la vida. Si quieres instalar otras cosas, consigue tu propia tableta. Esa... es prestada.
El chico bajó la mirada. No estaba contento, pero algo en las palabras del viejo le quedó dando vueltas. Al salir del taller, el sol seguía entrando a rachas, pero él ya no miraba la tableta como una jaula. La miraba como una herramienta. Y quizá, por primera vez, entendía por qué no podía instalar lo que quisiera. No era un error. Era un límite con historia, con propósito... y con una puerta secreta que nadie le abriría hasta que aprendiera a usarla bien. —Sé que existe
Don Joaquín guardó silencio por un momento. Luego, empujó la tableta de vuelta hacia el chico. Esa tableta es para aprender
—Pero me la dieron a mí —protestó el chico. Es del gobierno.
—No puedes —dijo don Joaquín, encendiendo la tableta—. Porque no es tuya. Es del gobierno.