Elena era una logopeda jubilada que había perdido la capacidad de nombrar objetos cotidianos. No por afasia, sino por una soledad voluntaria. Vivía en una cabaña junto a un lago, y cada mañana escribía en un cuaderno amarillo la misma palabra: árbol . No el árbol real, sino la palabra.

Un día, su nieta Lucía, estudiante de psicología, encontró el cuaderno. Al hojearlo, vio que no solo había palabras sueltas, sino frases como: “El trueno es el grito del cielo cuando recuerda que fue piedra” o “La palabra ‘mesa’ pesa menos si la dices antes de comer” .

La noche antes de defender su trabajo, Lucía fue a ver a Elena. La encontró frente al lago, susurrando una palabra al agua: “Nieto” .

Elena sonrió. —Es un experimento. Jaime Bermeosolo decía que el lenguaje no es solo comunicación: es la casa donde vivimos mientras pensamos. Yo perdí la necesidad de hablar con otros, pero no de habitar mi propio lenguaje.

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